LAS TIC Y YO.

Mi vida había sido un cuento de hadas. A pesar de mi crianza en un internado, las cosas materiales habían sido suficientes para una niña a quien sólo le importaban los libros y la música. A su tiempo, me casé con un príncipe. Como toda una princesa fui llevada a mi castillo y encerrada en una gran jaula de oro. Él, más por celos que por cualquier otro motivo, no me permitía trabajar, ni siquiera salir de casa si no era en su compañía. Jamás me compró un televisor, decía que ese aparato era una vagabundería que llenaba la cabeza de cucarachas a las princesas de bien. Sin televisor, por supuesto que me llené de hijos. Me pasaba los días lavando pañales, preparando biberones y atendiendo a mi afectuoso marido. Total el televisor no era indispensable.

Una mañana hace muchos años, mi castillo fue devorado por las sombras de la infidelidad, apareció la bruja malvada que todo lo destruyó y mi príncipe se convirtió en un horrendo y agresivo sapo. Sin castillo, sin príncipe y sin fortuna, me vi en la obligación de salir a buscar trabajo. Había estado doce años encerrada en mi jaula de oro. Elaboré la hoja de vida, llena de positivismo salí a buscar empleo. Qué desamparada me sentí en medio de la nada, rodeada de mis niños, en una ciudad ubicada a miles de kilómetros, entre miles de rostros desconocidos. Descubrí que los tantos conocimientos que creía poseer estaban pasados de moda. Una mañana un bondadoso empresario decidió hacerme una prueba y darme la oportunidad de demostrar mi capacidad para laborar como secretaria.

─ Necesito que digite esta carta.
En mi mente no encontraba la palabra… “digite”
Me quedé en silencio, parecía que el hombre ante mí hablaba en chino. Sobre un escritorio me esperaba algo llamado “computador” Me sentaron frente a él. Empecé a sudar, a temblar, se me cerró la mente. Lo único familiar era el teclado por lo similar al de las máquinas de escribir eléctricas que eran lo máximo cuando laboré en oficinas. Qué vergüenza. Por todas partes buscaba las hojas y el rodillo, con disimulo posé mis manos sobre el teclado esperando recibir una orientación de las letras, una ayuda a mi ignorancia. Me dejaron sola ante este monstruo. No sabía si salir corriendo o decirle: “Ábrete Sésamo”, más bien “escribe sésamo”. Opté por huir, salí de allí como “alma que lleva el diablo”, temerosa y avergonzada por el espectáculo bochornoso que acababa de ofrecer. Sentí las miradas y los comentarios burlescos y la pregunta al salir:

─ ¿No le interesa el puesto?
Ese día “presentí” que algo raro había ocurrido en el mundo mientras el encierro en mi torre de oro.

Empecé a recorrer la ciudad, entraba a las oficinas públicas a curiosear y el terror siempre estaba ahí. Desde ese día empecé a verlo en todas partes, parecía que me perseguía implacable. Lo odié, lo detesté, renegué y decidí eludirlo y desecharlo de mi vida. Lo declaré mi enemigo.

Durante cinco años le saqué el cuerpo a mi enemigo el computador. Trabajé vendiendo apuestas, en restaurantes, hasta en una sala de velación sirviendo tintos, cualquier oficio que me alejara de ese aparato.

Trabajé duro. Una mujer sola, en tierra extraña y con cinco hijos que alimentar y educar. No era fácil. Ahorré y regresé a mi tierra. Me compré un “carrito sanguchero” y durante años vendí comidas rápidas. El negocio era próspero, me sentía casi feliz.

Entre el mercado, la cocina y la atención del negocio, seguía leyendo bellas historias en libros que solicitaba prestados en la Biblioteca Pública. De esa manera alimentaba un sueño oculto, del que jamás hablaba. Desde niña deseaba ser escritora. Siempre tuve libros alrededor. Cuando tenía cinco años, me embelesaba escuchando a mi Nana cantar los versos de Rubén Darío. “Margarita, está linda la mar y el viento…” Esa es otra historia.

Un día llegó en medio del aroma de los fritos de mi negocio, un ser mal oliente, triste y rechazado por la sociedad. Me extendió la mano rogando por algo de comer. ¡Fue amor a primera vista! En medio de tanta suciedad, sus ojos eran inmaculados. Esa, fue una noche larga, muy larga para mí. No lograba conciliar el sueño. En un cuaderno empecé a describir al mendigo que me había visitado. Al otro día salí, investigué sobre él, con los datos recogidos escribí un pequeño cuento. Una tarde me decidí y se lo leí a un amigo. Su respuesta casi me deja tan frita como las empanadas que vendía:
─ Necesitas un computador.
─ Un… ¿Qué…?
─ Un computador.
─ ¿Cómo para qué?
─ Para escribirlo.
─ Olvídate.
Al otro día mi amigo llegó dichoso a casa con un obsequio para mí.
─ ¡Mira, lo conseguí en el mercado de las pulgas!
─ No debiste comprarlo, jamás lo voy a usar.
─ Tienes que hacerlo, es lo mejor para que sigas escribiendo tu historia. Al final tendrás una maravillosa novela.
─ No. No quiero ese aparato en casa.
─ Dime qué es lo que más deseas en el mundo.
─ Quiero ser escritora.
─ Dilo más fuerte.
─ ¡Quiero ser escritora!
─ Llegó entonces el momento de que te hagas amiga del computador.
Pedro, mi amigo, lo instaló en un pequeño cuarto que desde ese día se convirtió en mi estudio. Era un computador con Sistema Operativo Windows 83, en blanco y negro. Una verdadera reliquia. Ese mismo día aprendí a encenderlo, abrir una hoja de Word y apagarlo. Así las cosas inicié a “digitar” mi cuento. Cometí errores tremendos. El cuento creció y se convirtió en una novela. A punto de escribir el anhelado “Fin”, desapareció de los archivos como por arte de magia. Por más que expertos buscaron el documento no lograron encontrarlo. A sabiendas de que el error era mío debido a la falta de conocimientos sobre su manejo, renegué de nuevo del aparato, lo apagué y cerré la puerta de mi estudio. Deseaba que desapareciera de mi vida. Entre él y yo había una brecha muy profunda. Yo era modelo 60, y él 83.

Un par de días después en mi caminata mañanera pasé frente a una Academia de Informática. Tomé la decisión, me inscribí y empecé a conocer su mundo. Cuando ingresé al aula por primera vez, casi salgo corriendo al fijarme que mis compañeros de estudio eran muy jóvenes. Confieso que de todas mis metas, esta ha sido la más difícil de lograr. Con el mouse parecía como que jugábamos al gato y al “ratón”. Estuve a punto de abandonar el curso, en especial porque me avergonzaba al ver lo fácil que era para mis jóvenes compañeros abrir documentos, ingresar datos, realizar cambios, en especial ese bendito mouse. Los jóvenes compañeros se convirtieron en mis padrinos y gracias a ellos logré terminar el curso.

Han pasado los años, en compañía de mi amigo he creado nuevas historias. En los últimos tres años he realizado cerca de veinte cursos virtuales sobre TICS, y diseño gráfico. Para ayudarme económicamente, trabajo imágenes, realizo montajes, diseño y administro blogs.

Inspirada en mi experiencia como aprendiz, elaboré una metodología de enseñanza especial para adultos mayores. Durante tres años coordiné el Taller de Alfabetización Digital, “Leer y escribir por medios digitales”, en la Biblioteca.

No dejo de “cachariar”, estudiar los programas de Officce y maravillarme cada día. Es tan ágil, tan suelto, tan importante en mi oficio de escribir. En este momento he publicado tres libros. Por Internet fui invitada a un Encuentro de Escritores en Bolivia, me dieron la Medalla de Oro “Castillo Azul”, no se imaginan mi felicidad en un castillo de verdad; el año pasado representé a Colombia en la FILCEN en El Salvador. Ahora trabajo con mi gran aliado en mi cuarta obra literaria. Gracias a este aparato llamado computador y al Internet, me convertí en directora del taller de escritura creativa RELATA. Trabajo que realizo con verdadera pasión. Él y yo vivimos un romance que ha sobrevivido a miles de tormentas y hoy duerme a mi lado, ¡vivo con él!, y lo más importante, me ha brindado las herramientas para ser la mujer escritora que siempre soñé.

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9 Respuestas a LAS TIC Y YO.

  1. Gustavo A. Fonseca M. dijo:

    Felicidades Laura por tu primera entrada. Sigue así

    • Laura Margarita dijo:

      Gustavo, gracias por entrar y leer. Recuerda siempre esta maestra que un día recorrió ese camino que hoy transitas. No es fácil, es cuestión de amar lo que se hace y desear con mucha gana salir a la vida. Gracias.

  2. Luis Fernando Ocampo g dijo:

    Hola Laurita
    Me alegra leer apartes de esas historias que compartimos en las caminatas de antes.
    Que bueno que siga afrontando nuevos retos con el entusiasmo y la dedicación que siempre la han caracterizado.

    • Laura Margarita dijo:

      Qué rico recordar nuestras caminatas. Un pajarillo trajo la buena y nueva noticia que estás en el taller de Armenia, me alegra y más que recuerdes nuestras charlas en los atardeceres sabatinos hace un par de años. Te deseo éxito y felicidad. Gracias por leerme. Te recuerdo.

  3. sonia gomez dijo:

    Que bonita historia, Laura, no te conozco pero me identifico en cierta parte con tu historia. Amo los finales felices como los tuyos!!

  4. Paula Andrea Londoño dijo:

    Laura Margarita, tu historia esta genial, es la fotografía de tantas historias no contadas, de tantos miedos no enfrentados aún, pero de tanta realidad, en el mundo digital en el que vivimos actualmente es necesario tener un aparato al que llamamos computador así sea en ese rinconcito de la casa, simplemente por que el movimiento del mundo cotidiano lo exige, y pues si tus expectativas de vida son diferentes a las muchas otras de las personas que nos rodean …. es más necesario aún. Te felicito por la historia, me movió los recuerdos personales y laborales.

  5. Laura Margarita dijo:

    Me animas con tu comentario Paula Andrea, consideraba que esa era una historia para contar, en especial por las personas integrantes de la comunidad de inmigrantes digitales, temerosos ante el manejo del computador.
    Mil gracias por tu visita.

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